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“La propuesta de los políticos y los expertos para ganar competitividad.”

[/text_output][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column width=”1/4″][image type=”none” float=”none” info=”none” info_place=”top” info_trigger=”hover” src=”7541″][/vc_column][vc_column width=”3/4″][text_output]Cuando una empresa detecta que sus productos no se venden, aparentemente solo tiene dos salidas antes de plantearse abandonar: o cambiar de producto (algo que no siempre es fácil ni recomendable) o vender más barato o, incluso, ambas cosas y, por supuesto, buscar nuevos mercados. Si para una compañía este proceso suele ser costoso y complicado, imaginen para la economía de todo un país.

Cuando estalló la burbuja inmobiliaria en 2008, buena parte de los cimientos sobre los que se había sustentado la etapa expansiva más prolongada de la democracia se vinieron abajo y comenzó a acuñarse aquello de que había que cambiar el modelo productivo o el manido “menos ladrillo y más ordenadores”. España se quedaba así sin uno de los sectores que había sido motor de la actividad, la construcción y el inmobiliario, y además descubría con estupor cómo sus productos no encontraban compradores ni dentro ni fuera de sus fronteras. Eran incapaces de competir con los precios de productores como China o Brasil y el resto de emergentes, pero también España entonces producía bienes y servicios alejados de los estándares de costes de sus principales competidores europeos.

La clave de qué había ocurrido la sintetiza el director de Coyuntura y Estadística de la Fundación de las Cajas de Ahorros (Funcas), Ángel Laborda. “Desde el inicio del euro hasta 2008, los costes laborales unitarios habían crecido en España un 20% por encima de la media de los países de la zona euro”, explica. Es decir, nuestros productos carecían de valor añadido comparados con los de la competencia y además como fabricarlos era más caro, sus precios no resultaban competitivos en el mercado internacional. Era urgente actuar y vaya si lo hicieron las empresas.

Ajustes de plantillas

La primera reacción fue recomponer la estructura de costes a la manera tradicional en todas las crisis económicas de la historia reciente de España, es decir, reduciendo las plantillas. En la segunda fase de la crisis, 2012-2014, el ajuste se llevó a cabo mediante la moderación salarial, gracias al nuevo marco que había puesto a disposición de las empresas la reforma laboral aprobada por el Gobierno del PP.

El consenso de los analistas consultados coincide en que al menos tres cuartas partes de esa competitividad vía precio que se perdió con la zona euro al inicio de la moneda única ya se ha recuperado. De hecho, el índice de tendencia de la competitividad que elabora el Ministerio de Economía frente a las principales áreas económicas del mundo así lo establece (cualquier caída del índice supone una ganancia de competitividad).

Moderación salarial

Como resultado de esta política de contención de costes, España ha logrado escalar posiciones en la cuota exportadora, uno de los mejores índices para medir la competitividad de una economía, y hoy acapara el 1,8% de las ventas mundiales. Las exportaciones crecen al 4,4% y se sitúan en máximos de la serie histórica. De hecho, las ventas al exterior suponen en la actualidad un tercio del PIB, todo un hito en la historia reciente.

Pero la pregunta que todos los expertos se hacen no es menos crucial: ¿Y ahora qué? ¿Qué medidas deberían adoptarse para no revertir esta tendencia? La iniciativa estrella es “continuar con la moderación salarial”. De hecho, ante las voces que apuestan por comenzar ya a subir los sueldos allí donde las empresas puedan permitírselo, los expertos advierten que nunca por encima de lo que lo hagan los principales competidores de España. De lo contrario, sería una suerte de “volver a las andadas”.

Cualificación profesional

Por detrás de la contención de costes, pero no menos importante se sitúa la gran apuesta: la calidad. El director ejecutivo de la Fundación de Estudios de Economía Aplicada (Fedea), Ángel de la Fuente, describe de una manera muy gráfica lo que aún es la debilidad de la economía española: “Tenemos muy buena materia prima, pero nos falta el marketing”. Pone como ejemplo el aceite de oliva y cómo los italianos han conseguido vender un producto tan bueno como el español (de hecho, en ocasiones procede de aquí) a precios más elevados porque lo “empaquetan muy bien”. En su opinión, la clave está en la productividad y ahí también existe margen para más mejoras, a pesar de que reconoce que se ha avanzado mucho durante los años de la crisis. “Debemos aspirar a ser capaces de producir mucho y muy bonito”, añade.

En cuanto a qué reformas han de ponerse en marcha para posibilitar ese aumento de la productividad, los analistas lo tienen claro: más flexibilidad en la contratación y, sobre todo, una reforma educativa que deje de lado de una vez por todas si Religión sí o Religión no y apueste por los modelos que están funcionando en otros países. Funcas y Fedea piden un replanteamiento de los recursos que se destinan a la formación reglada hacia la enseñanza de los oficios, algo que en España siempre ha estado denostado.

Dimensión de las empresas

“Deberíamos ser capaces de consensuar el núcleo de cómo queremos cambiar el sistema educativo. Es decir, qué deben aprender los jóvenes y cómo fomentar la cultura del esfuerzo”, subraya De la Fuente, quien como Laborda reclama un paso más en el fomento de la formación dual, que combina la enseñanza teórica con la realización de prácticas en las empresas.

Pero si el objetivo crucial es seguir ampliando el peso de las exportaciones sobre el total del producto interior bruto (PIB), lo que no debe olvidarse es que para salir al exterior, las compañías han de contar con todas las facilidades posibles, y la primera pasa por poder ganar tamaño, tal y como recuerda Almudena Semur, coordinadora del Servicio de Estudios del Instituto de Estudios Económicos (IEE). Las empresas más grandes son más productivas y ganan más dinero, concluye.

Así, se muestra partidaria de reducir las cotizaciones a la Seguridad Social para impulsar la contratación y al mismo tiempo compensar la pérdida de recursos públicos con una subida de los impuestos indirectos. Aboga por un incremento de la formación de los trabajadores, ya que sin ello no será posible su vuelta al mercado laboral y nuevos incentivos al gasto en I+D+i. “Después del gran ajuste de costes aplicado por las empresas, ahora es el momento de invertir en innovación para continuar con las ganancias de competitividad”, aclara Semur.

Unidad de mercado

Lo que no genera ninguna duda es que “no se pueden revertir las reformas emprendidas, porque los efectos de muchas de ellas los empezaremos a ver los próximos cuatro años”, admiten desde el IEE. Y entre las medidas que deberían marcar los primeros compases del Gobierno que salga de las urnas está una nueva reforma fiscal, que elimine más deducciones, o avances en la unidad de mercado. Iniciativas que consolidarán un crecimiento basado en la calidad, sin dejar de lado a sectores en los que ya somos punteros, como el turismo, la automoción o el agroalimentario.

 

Fuente: cincodias.com[/text_output][/vc_column][/vc_row]